De Atenas a Estambul

Puede que todos los post de viajes los comience de forma parecida, pero la verdad es esa a veces. En 2007 la llegada a Estambul no era fácil. Llevamos unas dos semanas viajando de mochileros por Europa, hemos comenzado en Italia, hemos pasado también por Eslovenia y Grecia, incluidas sus islas, y ahora nos encaminamos hacia Estambul para terminar el viaje aquí. El agosto de 2007 no fue fácil, no teníamos GPS y acceder a internet era un hecho que se podía producir unos 10 minutos cada 2 ó 3 días. A continuación te cuento un poco nuestros pasos por Estambul, no te los pierdas.

Los últimos 3 días del viaje los vamos a pasar en Estambul, y para ello necesitamos llegar por tren o bus desde Atenas. Puede parecer fácil, pero no está resultando nada sencillo. Tras visitar Santorini y llegar al Pireo (el puerto de Atenas) de madrugada, decidimos dormir allí en unos bancos y el suelo, pues aunque hace frío siempre va a ser más tranquilo que ponernos a caminar hacia algún otro barrio de un Atenas que se nos antoja inmenso. Cuando amanece desayunamos en uno de los bares de enfrente, con los primeros marineros de los ferrys que parten sobre las 6 ó las 7 de la mañana, y esperamos la hora para que abra el metro. Necesitamos llegar a la estación de tren para comprar los billetes hacia Estambul, lo antes posible porque ya hemos pasado por la experiencia de los trenes en Italia, que siempre van llenos, ya nos ha tocado algún viaje de 3 horas en un pasillo estrecho y de pie.

Abre el metro y nos topamos con algún que otro imbécil que se recoge más que cocido a esas horas. En menos de media hora estamos en la estación de trenes. Primer contratiempo cuando nos comentan que no hay trenes a Estambul, este es uno de los riesgos cuando tampoco has mirado mucho del viaje y vas improvisando sobre la marcha. La solución que nos proponen pasa por llegar en tren hasta el último punto de Grecia, la ciudad de Alexandropoli, y desde allí tomar un bus de unas 2 horas hasta Estambul. Lo que nos contaba el polaco sobre la relación entre griegos y turcos, de lo “bien” que se llevan, van tomando forma en factores muy concretos, que nada ayudan ni a la convivencia pacífica ni a unas relaciones comerciales y turísticas muy saludables.

Compramos los billetes, salimos ese mismo día sobre las 12 o la 1 de la tarde. Disculpad que sea tan vago con las horas a veces, pero es complicado datar con minutos cada hito de un viaje de varias semanas, tampoco llevamos nada para apuntarlo y estamos tirando únicamente de memoria, en algunos casos varios meses después.

Así que tenemos toda la mañana para visitar Atenas y ya por la tarde tomar el tren. Atenas es una ciudad especial, Grecia toda es especial. Tiene un aroma a Andalucía, con sus olivos y sus laderas secas, mezclado con todo lo clásico que perdura intacto en algunos casos. Las tradiciones podría calificarlas de divertidas, el griego tiene semblante serio pero luego es alegre y disfruta de sus rituales y de su gastronomía como el que más. Y qué decir del idioma… a los oídos resulta dulce como un vino blanco en un día de otoño, con esas vocales cerradas en alto y esas eses y efes constantes, igual de atractivo que complicado.

Recorremos la zona del centro, divisamos de nuevo el Panteon y otras ruinas clásicas, y bajamos a alguna cripta que otra. Atenas es una ciudad para callejear, inmensa y vieja en general, sobre la cual ya os comenté en otro post anterior así que no me voy a extender mucho más aquí. Vamos a trasladarnos al viaje en tren hacia Estambul.

Tomamos el tren al mediodía, bastante ajetreo en los andenes, muchos atillos y eso comporta ese ambiente de la Europa de los emigrantes, de las familias y de las reuniones, la Europa del ambiente rural. Este tren, un poco viejo por supuesto, como todo en Grecia, hace parada un par de horas en Thessaloniki (Tesalónica para los aficionados al baloncesto). Y luego una parada nocturna más en otra ciudad, y ya por la mañana al día siguiente llega a su destino: Alexandropoli. En total son casi 20 horas de viaje, que bueno, no se lleva mal entre cartas, cerveza y comida.

A eso de las 7 y pico de la tarde llegamos a Thessaloniki. Salimos de la estación y vemos una ciudad vieja, con muy mala pinta. No tenemos apenas tiempo para visitarla, así que buscamos una línea de autobús de las que va por toda la ciudad para ver un poco el ambiente y quizá bajarnos en algún barrio. Eso hacemos, la vuelta es larga, casi hora y cuarto, pero sin mucha bajada aparte de en la estación de autobús para preguntar por si acaso hubiese uno directo a Estambul; pero no hay suerte, nada de comunicaciones internacionales hacia el noreste por lo visto. Así que vuelta hacia la estación de trenes, Thessaloniki tiene pinta de ser muy universitaria, pero no vemos mucho más en el poco tiempo que tenemos. De hecho, por 2007 había unas revueltas universitarias aquí bastante contundentes, todos los días en las noticias por contenedores incendiados y hechos similares.

Vuelta al tren, a encarar la noche, que pasa entre sueño no muy profundo, desvelos y conversaciones chapurreando inglés con otros mochileros, conociendo las tradiciones de otros sitios y gracias a un grupo de jóvenes griegos que iban a su pueblo, un pueblo perdido entre Thessaloniki y Alexandropoli, conociendo la religión ortodoxa griega y sus tradiciones y costumbres. Entre medias hay una parada de una hora y pico para cambio de máquina y redistribución de vagones. Y esta es una de las paradas de tren de medianoche de las que mejor me acordaré siempre, por lo inmenso de la estación con más de 15 andenes, por el decadente aspecto del edificio ferroviario y por el ambiente que allí se vivía, además de por la incertidumbre de cuál era el tren que debíamos tomar de nuevo, porque nadie se aclaraba, no sé cuántas veces cruzamos tantas y tantas vías para preguntar. Un auténtico caos si no hablas griego ni tampoco sabes leerlo.

Por fin retomamos y llegamos por la mañana sobre las 8 a un pueblecito alejado de todo llamado Alexandropoli. Allí hay 3 ó 4 andenes y un pequeño edificio, sin anden paralelo, todas las vías acaban aquí, y este edificio está al fondo como suele ser normal. Al entrar se ha formado una pequeña cola, que pensamos que es para pasar la aduana, pero al final nos comentan que es para coger sitio en el bus a Estambul, tal cual. Por supuesto, hemos llegado tarde, y entonces comienzan a llover noticias una tras otra, como la de que es el único autobús que va a Estambul, que solo hay entre semana y… bueno, esto ya lo sabíamos: y que hoy es viernes. Así que o vamos en ese o hasta el lunes nada y el martes volvemos a España, y queremos nuestros 3 días en Turquía.

En la cola conocemos al militar polaco de los 6 idiomas, que después nos acompañará parte del trayecto, hasta que nos empezamos a percatar de que algo no cuadra en toda la historia. De momento nos ayuda bastante, porque entre esos 6 idiomas se conoce las canciones de los lunis y habla un turco por lo visto bastante óptimo, tanto como para ayudarnos a no quedarnos fuera del autobús de ese día.

Una hora después y casi sin probar bocado llega el bus, nos venden tickets por el orden ya establecido y hay una primera revisión de pasaportes, algo más que normal porque llevar un pasajero sin pasaporte para luego tener que dejarlo en la frontera… en fin, no tiene ningún sentido, mejor prevenir que siempre hay viajeros incautos.

Una vez en el bus nos esperan casi 2 horas de trayecto, apenas a los 10 minutos estamos ya en territorio turco, sin problemas en la frontera y con un paisaje muy distinto al que nos habíamos imaginado. El militar nos va contando historias, y esto merece un post aparte la verdad. Un post no, un libro casi, solo los trasteros que tiene contratados en distintos países y las cosas que guarda pueden dar para una veintena de capítulos.

Llegamos a Estambul sobre las 12 de la mañana, a una estación de autobuses inmensa, a las afueras, bien comunicada pero descuidada y sobre todo, funcional, nada visual. El militar nos ayuda con la ficha del metro y nos despedimos de él en la plaza Taksim. Comienza nuestra aventura de 3 días en Turquía, en la Estambul de las mil y una historias.