Historias de viaje para no dormir

Ya estamos con el viciado tema de los instantes… que si cuánto duran, qué deben tener, cómo se llega a ellos. Cómo de intensos son y cómo se sale de ellos. Los viajes son sucedáneos del gen anti-muerte. Cuidado, no viajes mucho tampoco, puede que la propia Tierra te parezca ya un lugar demasiado pequeño. Da igual, tu que estás leyendo esto, lector, te vas a morir en unos cuantos años. Vivir obsesionado con la muerte es vivir centrado en la vida. Tómese obsesionado como un período de nuestra historia: el gótico. Y otros muchos. También hemos tenido Renacimiento. Y en 400 años de sangre y Borgias tuvimos en Florencia tanto arte, tanto Renacimiento… tanto legado… que, sin duda, uno se pregunta qué pasó en 400 años de una paz duradera en Suiza sino que la creación de un simple reloj. El tiempo en calma versus la pujanza estratégica y repleta de pasiones y poder.

Florencia es un lugar increible. Cenar cualquier cosa en las escaleras que dan acceso al mirador, entre tanta gente, teniendo una vista completa de la ciudad y mientras el sol se pone por el peculiar horizonte… es algo indescriptible. Estuve ya dos veces en Florencia, y es un auténtico placer empaparse de esas calles de día y de noche, de cenar y salir de fiesta por allí… es algo muy bueno.

No sólo escribo para políticos de mierda, algunas veces también escribo para amigos, y lo hago con toda la dedicación posible, como haré ahora… Veréis… cómo empezar… Viajo normalmente con Suzanne, Roland y Walter. He cogido con ellos alrededor de 100 vuelos ya, pero estos son algunos de los momentos que más recuerdo:

1. Hemos aterrizado en Los Ángeles tras un vuelo más que épico, tras visitar dos veces en 2 días JFK y Newark desde NYC. Siete horas de vuelo, noche en Santa Mónica y coche hacia el Gran Cañón del Colorado. A las pocas horas de salir de LA comienza el paisaje desértico y hacemos parada obligada en Palm Springs. Vaya sitio tan peculiar. Seguimos camino, nos esperan unos 300 kms por el desierto de Arizona. Suzanne y yo somos fans de U2, pero no hay tiempo para desviarnos hacia el Yoshua Tree, aunque vemos la salida a la derecha, otra carretera más en medio de la nada. Esta carretera es lo más parecido a la nada, una llanura implacable sin nada, pero nada, absolutamente nada. Increible. No tenemos hotel, ni destino. Se hace de noche y aún nos queda un buen rato. Voy sentado en la parte de atrás del coche. Jamás vi ni veré un cielo tan limpio en mi vida, un cielo tan repleto de puntos… alucinante! Suzanne va cansada, hace ademán de ver pero no puede despistarse, el resto se lo contamos, pero cómo contar ese cielo visto desde la más absoluta oscuridad… Este párrafo daría para varios libros.

2. Camino de Brisbane, en Australia. Son ya muchas horas conduciendo. Creo recordar que Suzanne y Roland se turnan. Hemos parado en una gasolinera porque no se veía la carretera, la tormenta ha sido bestial, parece que se va a acabar el mundo, los rayos se ven con nitidez, la lluvia aprieta y el viento arrecia. Como es habitual, no hay donde dormir. Se hace noche cerrada, no llegamos a tiempo. Damos mil vueltas por la ciudad, entrar y salir de bares de mala muerte es algo ya casi habitual en los últimos 20 minutos. La ciudad se reduce a un puñado de calles, aunque seguramente sean millones de habitantes en bastantes acres. No hay suerte. Son las 2am, ya no tiene sentido buscar más si a las 7 hay que estar en pie. Cinco horas en el coche, lloviendo fuerte, en un parque perdidos… Así será. Me pierdo unos minutos bajo la lluvia, el resto hacen igual. Suzanne prepara algo de cena. Dormimos. La noche ha sido jodida.

3. Llegamos a Byron Bay, Australia, a media tarde de un principios de verano. La ciudad está tomada por jóvenes, bares, restaurantes llenos y juerga. La mezcla entre jóvenes y mayores es peculiar. Pasamos un rato en la terraza de un bar, con una extrema seguridad que se ve incrementada cuando entran media docena de policías armados y con chaleco y perros. La juerga sigue, es un buen rato. No sabemos por qué aún no hemos buscado sitio para dormir. Somos jóvenes. Después seguimos por otros bares, viendo conciertos en directo de dudosa calidad. En la calle, de camino, hay rollo hippie y bailoteo de todo tipo. El sitio respira y ofrece un aroma tan tan bueno… uno siente que la sangre le corre por las venas, y fluye. Aún no tenemos sitio para dormir. Comenzamos a buscar, no hay nada y cogemos coche para ir a unos albergues y hostales en pueblos cercanos, unos 15 kms. Llegamos. Aquello es un puto antro lleno de juventud, autogestionado sin nadie que vigile. Dan ganas de quedarse, pero no hay sitio. Buscamos más, volvemos, buscamos una vez más por otra calle que lleva a un camping. Nada. La opción del coche comienza a tomar sentido. Encontramos un par de huecos en un albergue, dos y dos. Una es una habitación sin ventanas, se accede a través de otra habitación donde un grupo tienen montada una buena charla que aún durará. La otra con ventana y hasta balcón, un baño piscineado y ni idea de cuánta gente piensa dormir ahí esa noche. Pero… haciendo una noche espléndida y teniendo la playa a 300 metros… Intento convencerles pero no lo consigo. Cojo saco de dormir y abrigo y me pierdo por entre los pasadizos hasta la extensa y solitaria playa. Duermo a mitad, a salvo de las olas y los bichos de la maleza. Tras un par de horas algo me despierta y no vuelvo a coger el sueño. El cielo de Australia es absolutamente mágico. Me baño a las 4 de la mañana y a los pocos minutos comienza a diluviar. Así es el clima de allí. Me vuelvo corriendo al antro a intentar dormir lo que queda de noche.

4. Berlin, esa fantástica ciudad europea. Es la primera visita, llevamos 8 días de interrail por Alemania, Suiza, Hungría, Austria, Rep.Checa y Alemania de nuevo. Hemos perdido la noción del tiempo. Walter es buen guía y hace un trabajo excelente buscando un albergue barato al lado de la magnífica estación. Ducha y continuamos. Pasar una noche en La Matrix es algo muy recomendable. No es esa noche lo divertido, lo realmente divertido ha sido esa noche en Budapest, esos viajes nocturnos cruzando fronteras, esa parada en Basilea cuando dos policías nos piden que nos identifiquemos, ese café en Friburgo… es todo!

5. Noruega nos hace pasar una de las noches más fantásticas de nuestras vidas. Tren… y más tren… perdidos. Nos ha costado 6 kms a pie llegar hasta aquí. Dos edificios, uno con habitaciones para nosotros solos, y otro de recepción y cenas. Descubrimos en el primer piso un billar con luz taciturna, y una sala contigua donde hay retratos de los mayores asesinos noruegos y un libro que cuenta la historia, en noruego, de todos ellos. Vaya fotografías más maquiavélicas, en blanco y negro, con barba y ojos desencajados la mayoría. Vamos 9, somos más. Sandrine lo pasa mal, no hay mucha comida, estamos lejos de todo, se escucha el río de abajo y otros ríos más lejos. Roland, Jornat y yo intentamos llegar hasta el río de noche, pero un coche que llega hasta la puerta y da la vuelta nos hace desistir. Las histórias de esa sala y el aspecto del regente nos hacen desistir. Franzino prepara una cena inolvidable, de ensalada y pasta, y una buena charla de varias horas en una mesa de madera maciza al lado de unos cristales que apenas nos dejan ver una luz macilenta a lo lejos, en medio de la más absoluta oscuridad. ¿Crees que no tengo historias que contar? Esta noche da para muchas. El día siguiente llegó, sin más. Escalar durante 15 minutos por la montaña para llegar a un apeadero marcado por un poste en la vía del tren… y que pare a nuestra señal… ahí, justo ahí… Nos miramos todos con incredulidad.

6. Si te digo que no me acuerdo de la ciudad… es que no me acuerdo. Es la historia más reciente. Llegamos, no tenemos donde dormir… y acabamos cogiendo el coche para buscar por todos lados durante unos minutos. Si veces hemos visto las películas esas en las que cruzan Central Park con el coche… pues esto va a ser igual. Los carriles bici están señalizados de sobra, pero ante la falta de una señal de prohibido coches… pues ahí estamos cruzando no solo parque si no puente de carriles bici también, con el coche, apartándose las decenas de ciclistas en medio de la oscuridad. Ha sido divertido no, lo siguiente. Comenzamos a dar vueltas y a ver coches de policía que con mayor o menor pericia evitamos porque no sabemos si nos vieron. Tenemos batería en un solo movil, nadie por la calle, y esa batería da para ir a las afueras pero no para volver al centro. Vamos, venimos… suerte no, lo siguiente. O tal vez buena orientación de grupo. Toca coche, así que vamos a cenar algo tranquilamente. La noche se torna amena, la camarera ha vivido en España y conoce la cultura, se rie cuando nos sirve. Suzanne divisa una araña, o era una rata… era una rata creo…

7. Llevamos casi 48 horas en el barco, por el Mar de Penas, que por algo se llama así, en el Chile Pacífico, por entre fiordos. La experiencia es recomendable a tope, y al final nos aguarda Torres del Paine. Pocos lugares he idealizado tanto en mi cabeza como Torres del Paine, después vería que con razón, no me decepcionó y le guardo una segunda visita. El barco… se avecina una noche de tormenta y tampoco es muy grande como para lidiar bien con un mar así. Comenzamos a cenar y poco a poco la gente vamos cambiando la cara a un blanco extraño. Mareos… sólo aguantan los viejos, Andrés y Roland. El resto al camarote, a devolver una y otra vez, a tumbarte y a no poder articular palabra, a abandonarte y aceptar el destino tal cual, y esa sensación de insignificancia humana ante los elementos. En un momento dado salgo del camarote para buscar a Roland, me cruzo con el médico en las escaleras. Ni idea de a dónde voy ni como volver. Roland aguanta, joder, con dos cojones. Yo me vuelvo. Que se acabe la noche o me maten ya, es insoportable eso. Los otros 70 del barco que andan igual quieren morir también.

8. No podía faltar Estocolmo. Walter casi se congela esa noche, no es que sea tipo débil, que siempre aguanta bien la leña en el lomo, pero le faltó el abrigo que se dejó olvidado. Es la primera vez que he cogido cartones para dormir en una plaza bajo una leve lluvia que va calando. Como almohada tengo una botella de medio litro, y me da de sobra. Poco a poco nos apiñamos, o nos dispersamos. Walter me despierta, nos repartimos el abrigo. Vamos a dar una vuelta a buscar más cartones. No sé por qué vuelvo a dormir. La noche ha sido muy dura. Estocolmo… ciudad intensa, una experiencia más para volver con los años de otra manera.

9. Santorini. Es como una segunda casa ya después de haber ido tantas veces, me sueltas en cualquier lugar de la isla y vuelvo a casa andando o en moto prestada. Sin duda… recorrer en moto una isla griega es una de las experiencias más libertadoras para un europeo. Buena compañía, agua transparente, sitios altos desde donde saltar a ese agua con los huevos puestos de corbata una y otra vez… así es la vida. Y un pulpo exquisito en el puerto que no tengo dinero para probarlo, pero si para unos calamares bien ricos. No hay atardeceres como los de Oia en ningún otro lado, tienen algo… no hay más que decir. Perderse de noche en moto… no tiene precio tampoco.

10. Llegas a Amsterdam casi de noche, con un billete de interrail. No recuerdo noche más subrreal que esta. Cierran la ciudad y se nos ha olvidado buscar sitio donde dormir. Vamos 9… unos deciden la opción del parque y otros hacer el trayecto hasta Rotterdam varias veces. Con el primero basta. Holanda es un país raro, donde se mezclan diferentes conceptos y sucesos hasta crear una especie de ilusión. Y no hablamos de drogas, hablamos de personas sin más. Holanda, Amsterdam de noche, ciudad viva, europea… y su extraño viaje en tren a Rotterdam.

Van unas 300 noches fuera de casa, perdidos por el mundo, y son muchas las anécdotas. Estas son sólo algunas, extrañas, absurdas, que se vienen a la mente de vez en cuando sin más. Algunos disfrutareis leyéndolo, otros no. Así que cada uno que coja su rol y prosiga camino.

0 replies

Leave a Reply

Want to join the discussion?
Feel free to contribute!

Leave a Reply